Acoso sexual: ese enemigo que nos hiere

Georgina Larruz | @LarruzMG

En mi anterior entrada, relaté las injusticias del medio y la falta de oportunidades para muchas chicas, pero que, pese a ello, el periodismo deportivo es mi motor de vida y a lo que me quiero dedicar por años, por eso, critico los grandes huecos que falta por trabajar y que muchísimas mujeres están atreviéndose a denunciar y a aventarse el ruedo.

Se ha hablado de casos de violencia sistémica a colegas: la exclusión en las redacciones, concursos de modelaje en bikini para ocupar una plaza de comentarista, burlas por ser mujer, los empleos poco pagados en muchas redacciones, pero un tema que apenas es visible es el acoso sexual a quienes nos dedicamos a esto.

El acoso sexual, según la RAE, es toda acción dirigida a obtener favores sexuales por medio de presión psicológica, abusando desde una posición de superioridad. Una definición concisa, pero que en realidad esconde el entramado de vejaciones, intimidaciones, y, desde luego ultrajes a lo que somos como personas.

Personalmente, he sufrido acoso sexual en muchas ocasiones y en diferentes espacios. Ni se diga de la violencia sexual cuando trabajaba en comunicación política.  Allí, la cosa era peor.

En el periodismo deportivo he sufrido acoso sexual en plena cobertura. Cuando cubría la Liga de Futbol Americano Profesional (LFA). Al finalizar el partido, mi  equipo y yo acudimos a la sala de prensa dispuesta en el estadio Jesús Martínez ‘Palillo’. Todo normal: llegamos a tiempo, nos sentamos en la fila y escuchamos las impresiones de los jugadores o entrenadores (según el caso). Junto a mí estaba sentado un reportero, con su cámara y tripie (para ser honesta, no recuerdo el medio). Yo vestía una playera que hacía mucho escote en el busto (debo decir, involuntario). Ante esa “vista”, mientras transcurría la rueda de prensa, el reportero comenzó a desviar la mirada hacia mis pechos, con un gesto muy lascivo e intimidatorio. Mi compañera Mariam Maya y yo nos dimos cuenta. Me enfurecí y comencé a patear el tripie, pensé que con esa “venganza” pararía su acoso, ¡pero no! Lo volvió a hacer dos veces más y yo volví a patear el tripie otras dos veces más.

Sé que pude haberlo denunciado en ese momento y que, mínimo, lo vetaran de las conferencias. Por lo menos, pude haber gritado a mitad de la conferencia. Pero sobra decir que ante ese tipo de acciones, una se queda paralizada y con todo el enojo del mundo, así que mejor intentamos olvidar lo sucedido y seguir adelante, pero ahora con temor a usar ropa ajustada o que marque nuestro cuerpo, con la culpa en nuestra mente “por vestirnos para provocarlos”. No, señor. No tenemos por qué sentir que nuestros cuerpos son objetos para atraer miradas o para ser juzgados por desconocidos.

Con el tiempo, he sabido de colegas que han sido tocadas “accidentalmente” en sus partes íntimas en las multitudes que se forman en zona mixta o al intentar abordar a un deportista. Incluso, han salido notas de reporteras acosadas sexualmente en plena transmisión.

Lamentablemente, vivimos en un país en el que el abuso sexual a mujeres es un tema cotidiano, en el que el acoso sexual es un cáncer que se vive en universidades, oficinas y, tristemente, en la familia; y en el que el feminicidio aparece cada vez más en periódicos y portales de noticias. Lo más triste la indiferencia con la que las autoridades tratan estos casos.

Quizá este “compañero” ya olvidó ese pronunciado escote durante esa conferencia, pero a mí no se me olvida cómo me hizo sentir ese día.

Acoso-sexual-ok

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